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14 de julio de 2009

GOLDE

Entrevista a
Golde



Realizada en video
 por Rolit Kosover,
para Steven Spilberg,
en Bat-Iam, Israel
el 5 de diciembre de 1996

Traducida del hebreo
al castellano,
por Luis Bekerman,
editada por Eva Row,
en Buenos Aires, Argentina
el 9 de mayo de 2007



(El texto que sigue tiene 12 páginas)



Contame, por favor, dónde naciste y cuándo...
Nací el 17 de marzo de 1931 en una ciudad llamada Sókolow, en Polonia.
¿Cómo se llamaba tu padre?
Mi padre se llamaba Herszko.
¿Y el nombre de tu madre?
El nombre de mi madre era Gyla.
¿De qué trabajaba tu padre hasta 1937?
Tenía un negocio de telas.
¿Cuántos niños eran en la casa?
Dos hijas.
¿Cómo se llamaba tu hermana?
Mi hermana se llamaba Sara, era tres años menor que yo.
¿Ustedes eran una familia religiosa?
No precisamente.
¿Cómo recordás los sábados, las fiestas?
Cuidábamos del sábado y de las fiestas también. Y en casa, también cuidábamos kashrut .
¿Te acordás de cosas especiales de las fiestas?
Me acuerdo de Pesaj , me acuerdo de Rosh Hashaná . Nos reuníamos en casa del abuelo. El se sentaba en una silla especial, cómoda. Usábamos la vajilla más linda.
¿Recibías regalos para las fiestas?
Sí, chocolates, golosinas.
¿Cuáles son los recuerdos de tu primera infancia?
Éramos una familia normal. Mi papá viajó en 1937 a Buenos Aires, Argentina. Antes de su viaje, me llevó al cine con él. Cine mudo. Mi hermana también quería ir, entonces yo le dije que íbamos al dentista.
Había un asunto que mi papá intentaba resolver antes de viajar, que era el de anotarme en el colegio estatal. Pero en Polonia se anota a los niños en el colegio a los siete años, en ese entonces, yo tenía seis, y me rechazaban.
Después de que mi papá viajó, mi mamá empezó a vender todo lo que había en mi casa y pasamos a vivir con mi mamá, mi hermana y yo, en lo del abuelo.
¿Por qué viajó tu papá en el 37?
La situación económica en Polonia era difícil y había mucho antisemitismo. Mi papá sufría mucho la situación, y en la Argentina nosotros teníamos una tía, la hermana de mi mamá, que había inmigrado en la década del veinte. Ellos habían planificado que después de que él estuviera tres años y recibiera la nacionalidad, nos iba a llevar a nosotros para la Argentina. Unas cuantas parejas de la ciudad habían procedido de esa forma.
Hasta el año 39 seguían en comunicación por carta. Mamá seguía comprando permanentemente cosas para llevar. Y me acuerdo que en una de sus cartas papá le mandó a mamá una hoja de un árbol que no crecía en Polonia. La relación entre ellos era muy buena, y vivíamos con la esperanza de volver a estar juntos en algún momento.
En el 39 empezó la guerra, y al principio todavía recibíamos cartas. Pero luego se interrumpió.
Vos decís que tu papá se fue en el 37 y luego empezaste el colegio. ¿A qué colegio fuiste?
Fui a un colegio estatal polaco, con niños polacos.
¿Y alguna otra educación recibías?
Sí, a la tarde iba al colegio idish.
¿Qué era lo que estudiaban allí?
Aprendíamos a leer y a escribir en idish, y la historia del pueblo judío.
¿Tenías amigos no judíos en esa época?

-1-

No, tenía vecinos no judíos. Vivíamos en la calle Shidleska, en la que teníamos solamente dos vecinos judíos. Y ahí tenía vecinas con las que yo jugaba, que eran polacas. Pero tenía miedo de cruzar la calle porque tenía miedo de que me peguen. Mi mamá siempre se preocupaba de que yo no cruzara la calle.
¿Entrabas a la casa de tus amigas?¿Cómo te recibían?
Bien, bien. Me recibían bien. Yo sabía qué familia era antisemita y qué familia le tenía simpatía a los judíos, de acuerdo a lo que se comentaba en casa.
¿Cómo recordás en tu infancia el antisemitismo?¿Cómo se entiende en la infancia ese concepto?
Hasta lo que yo recuerdo en este momento, uno de los motivos por los que papá abandonó Polonia es que había una cruz muy alta frente a mi casa y un vecino que solía volver borracho le decía a mi papá: ¿Ves Herszko, ves a Jesús ahí arriba? A vos te vamos a cortar la cabeza y vamos a poner tu cabeza ahí. Lo recuerdo como si fuese hoy. Se decía entonces que no había más nada que buscar acá, que había que escaparse.
¿Te acordás de hechos de violencia?
¿En el año 37, 38?
Sí, antes de la guerra.
Sí, me acuerdo que yo estaba en el negocio de mi abuelo y veía que había gente que se paraba frente a los negocios y gritaba “¡No comprarle a los judíos!”. Eso ocurría especialmente los días de mercado, cuando todos los campesinos venían a la ciudad. Estaban parados, entregando volantes, y hablando con la gente. Les decían de no entrar en los negocios de los judíos porque son “nuestros enemigos”. Eso es lo que yo me acuerdo, y también recuerdo que hubo golpizas.
¿Te acordás de miedos que vos hayas tenido?
¿Miedos? Miedos en el año 37, no. Vivíamos en muy buenas condiciones, no nos faltaba nada en casa. Y después cuando pasamos a la casa de la abuela y del abuelo, especialmente el abuelo intentó suplir la ausencia de papá multiplicado por cien, en todos los sentidos. Era un judío observante, culto, un comerciante importante. Encontraba tiempo para salir de paseo conmigo. Los sábados me llevaba al campo, donde había cultivos altos; yo me dedicaba a cortar unas flores azules y el abuelo hacía coronas con esas flores, y me las ponía en la cabeza. Me mimaba, me compraba cosas.
Durante la semana, cuando él volvía a casa, yo tenía confeccionada una lista con mis quejas sobre “su hija”, o sea, sobre mi mamá.
¿Cuáles eran las quejas?
Que ella no me había permitido ir a lo de una amiga porque tenía miedo.
Tenía algunas amigas cercanas, a cuyas casas yo iba, y ellas venían a mi casa. Y yo me preguntaba ¿por qué tener miedo de ellas? Mi mamá era muy miedosa. Que no me mire en el pozo de agua cuando pase al lado, que no me encuentre con perros en el camino, que quizá se me cruce alguna vaca, que no hable con adultos extraños, que no hable con niños extraños, que quizá tienen sarna. Todo el tiempo ella tenía algún motivo para tener miedo.
Me acuerdo de un día, cuando ya había comenzado la guerra y escaseaba combustible, mi mamá había querido ahorrar leña. El abuelo volvió a casa de noche y hacía muchísimo frío. Le conté al abuelo que había tenido muchísimo frío durante todo el día. Entonces él se enojó con mi mamá. Le dijo ¿qué estás haciendo, cómo ahorrás leña, no te das cuenta de que los chicos tienen frío? Se enojó muchísmo con ella. Y yo me puse muy contenta.
¿Te acordás de detalles de la vida ordinaria?
No me acuerdo de muchos detalles. Mi abuelo era un judío observante. Me acuerdo que al principio de la guerra, cuando ya las cosas estaban difíciles, había que ahorrar en el uso de la plancha, porque no había que gastar carbón, y yo tenía trenzas que ataba con cintas anchas, entonces el abuelo enrollaba las cintas y las ponía debajo de unos libros muy gruesos, no sé si era Gmarah o Talmud, eran libros muy pesados forrados en cuero, y me planchaba las cintas con el peso de los libros para que yo luciera prolija. Era un ser humano que me resulta muy difícil describir, la abuela también, pero él especialmente.
¿Cuál era la sensación de vivir sin papá?
Yo quiero señalar que tuve un abuelo maravilloso, pero cuando iba a la casa de mis amigas en donde había un padre, las envidiaba muchísimo. Pero vivía con esperanza, porque veía que mamá se preparaba para el viaje. Ya teníamos preparadas valijas grandes. Mamá permanentemente compraba cosas. Se estaba preparando. Y bueno, nosotros en cualquier momento estábamos por viajar.
¿Qué era lo que escribía tu papá sobre la situación en la Argentina?
A mi papá en la Argentina le resultaba todo dificultoso, no se podía acostumbrar a la vida de allá. Y hasta donde yo recuerdo, en el año 39, antes del comienzo de la guerra, él decía que se sentaba sobre la valija y estaba dispuesto a volver a Polonia. Allá a la fuerza lo retuvieron y le dijeron “esperá a que en Polonia se aclare la situación”. Y cuando comenzó la guerra ya se tuvo que quedar. Todo le resultaba muy difícil. Él vivía en lo de la tía.
¿En el 39, cuando comenzó la guerra, y un poco antes, se sospechaba de que "algo" podía a suceder?
Se hablaba. Hasta donde yo podía entender, al lado de la casa de mi abuelo había una panadería y los hijos del panadero, probablemente gente joven, pero que a mis ojos se veían como adultos, hablaban sobre la situación política, y uno de ellos solía decir que "de una gran nube nunca viene lluvia". Eso es lo que yo quería escuchar, porque yo quería escuchar cosas buenas. Eso es lo que yo recuerdo.
¿Te acordás del primer día de la guerra?
Si, me acuerdo exactamente del primer día de la guerra. Almorzamos; hasta me acuerdo qué es lo que almorzamos, comimos sopa de pollo con fideos. Mi mamá me dijo que si no terminaba la sopa, no iba a recibir carne y de repente hubo un “pum” y eso fue cuando cayeron las bombas sobre la estación del tren. Entonces dijeron “ahí está, empezó la guerra”.

-2-

Hasta donde yo recuerdo, a la ciudad entró el ejército ruso que le dió la posibilidad de escapar a la población judía, de cruzar la frontera, porque no estábamos lejos de la frontera. Estábamos cerca de un río que se llamaba Buk. Y cruzando el río, el territorio ya pertenecía a Rusia. Yo me acuerdo que muchísima gente, con carretas cargadas, cruzaba el río, o sea, cruzaba la frontera. Yo fui ahí con mi mamá a mirar, y mi mamá a toda costa quería huir, pero mi abuelo no quería escuchar hablar de eso. Y mi mamá, aparentemente, no tenía el coraje de abandonar a sus padres. Y así es como nos quedamos en casa. Los rusos estuvieron muy poco tiempo, después entró el ejército alemán. Entraron muchísmos soldados, y los gendarmes, y yo me acuerdo todavía como marchaban en un tremendo orden por la mitad de la calle, y cantaban una canción que la recuerdo hasta hoy.
¿Me podés cantar la canción?
La letra no, pero la melodía sí. “Aái- lí, ai-lú, ai-lá/ aái- lí, ai-lú, ai-lá/ ai-lí, ai-lá/ai-lála- lála - lála - lála “.........Y lo repetían, y yo miraba esas botas relucientes. En esa época mi abuelo todavía tenía el negocio en la calle principal de la ciudad, y ahí todavía la vida era efervescente, pero ya eso no duró mucho tiempo. Poco a poco empezaron a trasladar a la gente de las calles principales a las calles laterales, cerca de donde estaba la Sinagoga más grande.
¿De qué año estamos hablando?
Estamos hablando del año 40. Yo tenía nueve años.
Con tu permiso, me gustaría que hagamos hincapié en la etapa entre el año 39 y 40, cuando entraron los alemanes.
¿Cómo influyó eso sobre tu vida cotidiana?
Sobre mi modo de vida personal, yo mucho no sufrí. La casa de mi abuelo estaba situada en la zona que posteriormente fue el ghetto. Por lo tanto, no nos trasladaron, solamente nos agregaron una familia que venía de Kalish; el abuelo tenía una casa grande. Kalish era una ciudad grande. En Sókolow estaban concentrando la población de los alrededores. Después recién entendimos que era porque estábamos en la línea del ferrocarril que llevaba al campo de concentración de Treblinka. Entonces, yo personalmente no sufría, sólo que la cosa cada vez avanzaba más. Mientras el abuelo seguía teniendo el comercio en el lugar donde siempre lo tuvo, a nosotros no nos faltaba nada. Pero la situación se iba como cerrando cada vez más. Después ya los chicos no podíamos ir más al colegio estatal, los campesinos empezaron a tener miedo de venir a comprar al comercio de los judíos. Entonces encerraron a los judíos, o sea, se decidió sobre un lugar en donde solamente los arios podían vivir y un lugar donde solamente los judíos podían vivir. En ese momento todavía no sabíamos que iba a haber un ghetto, la gente no lo creía.
¿Qué era lo que creía la gente?
Me es difícil saberlo porque yo todavía era chica, yo solamente me acuerdo de lo que escuchaba. Mi abuelo estaba muy inquieto y gente más pobre, que no tenía mucho que dejar en la ciudad, se escapó. Mi abuelo todo el tiempo contaba algo que a mí me daba fuerzas, me daba ánimo. Porque mamá estaba permanentemente haciendo planes, qué hacer para huir, qué hacer para escondernos en alguna parte. Ella sentía que algo estaba pasando. Entonces el abuelo contaba cómo cuando él iba a rezar, durante la Primera Guerra Mundial, una vez le quisieron pegar y él extendió el talit y no se atrevieron a tocarlo. Y relataba que los alemanes se escaparon en gatkes (calzoncillos) , que no tuvieron tiempo de ponerse los pantalones, huyeron, y que esta vez iba a pasar lo mismo. Pero empezaron los rumores y mi abuelo también empezó a tener miedo. Entonces juntó a toda la familia, también familiares lejanos, unas treinta o cuarenta personas. El tenía muchos conocidos polacos, campesinos ricos, que eran sus clientes. Acordaron que nos refugiáramos en la casa de uno de ellos. Estuvimos allí dos o tres días, dormimos sobre el piso, con mucha otra gente, era muy incómodo. Y volvimos. Había tres escalones en la entrada de la casa del abuelo y él se inclinó y besó los escalones y dijo que ya nunca más nos íbamos a ir a ninguna parte. Nosotros nos vamos a quedar en casa, y ustedes van a ver que los alemanes se van escapar con los gatkes en la mano. Pero la cosa estaba cada vez más difícil. Y así pasó el año 40.
¿En esa etapa, ustedes seguían recibiendo cartas de su papá?
No, no, ya no venían cartas, la cosa estaba muy difícil. La gente que había abandonado sus casas y sus negocios, ya no tenía forma de manutención. Hubo una epidemia de tifus, y mi abuelo todavía traía todos los días una persona de la Sinagoga para el desayuno y para Shabat . Siempre venía gente los sábados a comer en lo del abuelo. Y después cuando ya donde vivíamos era zona de ghetto y le habían expropiado el negocio al abuelo, él con unos cuantos socios armaron un negocio dentro del ghetto.
¿En qué fecha empezaste a vivir en un ghetto?
En 1941, en el otoño.
¿Te acordás el traslado?
Me acuerdo perfectamente.
Contanos, por favor.
Cuando trasladaron a la gente de las calles céntricas a las calles laterales, los concentraron a todos alrrededor de la Sinagoga grande, que estaba cerca de la casa del abuelo. Era una Sinagoga muy grande, muy lujosa. Todos los Simjat Tora mi abuelo me llevaba con una banderita y con una manzana roja.
Desde aún antes de que esa zona se convirtiera en ghetto, los alemanes ya habían empezado a obligar a los hombres a trabajar donde ellos decidían. Con la nieve, los obligaban a limpiar los alojamientos de los soldados y al que se oponía le pegaban o lo mataban. Y existía el Judenrat, que era un representate de los judíos ante los alemanes, que debía informarlos sobre lo que les requerían. Y se decía que él recaudaba y pagaba una contribución, y que eso lo podía salvar de la muerte. La gente hacía todo lo posible para salvar su vida.
Y los alemanes cada vez pedían más plata, y la gente cada vez tenía menos, y estaba tan cansada y tan quebrada, y ya no tenía ninguna esperanza, y ahí, empezaron a construir un muro.

-3-

Un muro de cemento alrededor de la zona que era parte del barrio judío. Construyeron un muro grande de aproximadamente tres metros de altura, y arriba alambre de púa y al lado del muro había apostado policías. No me acuerdo qué tipo de policías, si eran alemanes, si eran polacos, si eran gendarmes.
Era algo terrible, difícil en todos los sentidos. Y cada vez había menos plata para comer, porque el abuelo ganaba menos, pero nosotros vivíamos en nuestra casa. Yo me acuerdo cómo el abuelo entregaba distintas mercaderías y recibía comida a cambio de ello. Mamá también iba a casa de gente conocida y les vendía ropa y recibía comida a cambio.
Me acuerdo también que mi tío se había escapado para el lado ruso, y vivía con unas cuantas parejas más en Bialistock y vivieron ahí unas cuantas semanas, pero se enteraron de que en mi casa se estaba viviendo todavía en forma más o menos normal, entonces volvió un mes antes de la liquidación del ghetto, y eso era en 1941.
¿Cómo era tu vida cotidiana dentro del ghetto?
Bueno, en el día a día. Ya teníamos prohibido ir al colegio estatal polaco entonces unas cuantas madres se organizaron y le empezaron a pagar a docentes que habían sido de la secundaria, y así seguíamos estudiando, y yo estudiaba también polaco. El abuelo dijo que hay que vender lo que sea, pero seguir con la enseñanza de los chicos. Y seguía yendo a estudiar también idish en forma particular a lo de una maestra, que me acuerdo todavía que tenía una joroba. No me acuerdo cómo se llamaba. Vivía en un tercer o cuarto piso. No me acuerdo exactamente. Y todo era muy difícil. Todo era muy modesto. No nos podíamos comprar ropa, no podíamos comprar nada. La abuela nos daba de su ropa para que nos confeccionemos algo. Para mí y para mi hermana.
¿Tenían radio?
No.
O sea que estaban totalmente aislados.
Sí, nosotros estábamos absolutamente aislados. En mi casa no había radio, pero en la casa de mi amiga sí había una radio. Y ellos escuchaban la radio. Cuando el abuelo iba a la Sinagoga, o se encontraba con amigos en la calle, hablaban sobre política, hablaban sobre la situación, sobre qué posibilidades teníamos de seguir viviendo. Me acuerdo cuando papá todavía estaba en Polonia, me mandaba siempre a traerle un periódico en idish. Moment era el nombre del periódico. Pero me resulta difícil decir algo sobre la situación política en esa época.
¿Qué otros recuerdos tenés del ghetto?
Que mucha gente murió.
¿De qué?
De enfermedades. De tifus, de desnutrición, a causa de la suciedad, a causa del hacinamiento.
¿Te acordás qué era lo que comías en el ghetto?
Era muy pero muy modesto. Me acuerdo que nosotros tomábamos leche con cacao y después tomábamos café, que era un agua negra. La comida era muy pobre. Y todo el tiempo vivíamos con miedo porque había rumores de que puede llegar a pasar algo. Íbamos a dormir vestidos y mamá siempre decía, ponete otro pullover, que quizá vamos a tener que escapar.
Pero yo le creía al abuelo, que eran los alemanes los que se iban a tener que escapar. Por lo tanto, ¿de qué había que temer? No había que tener miedo.
Ellos seguían persiguiendo a los hombres, pegándoles y cortándoles las barbas. Me acuerdo que los hombres perseguidos corrían como locos. Capturaban a la gente y los llevaban a trabajos forzados para limpiar la nieve, para limpiar las viviendas de los soldados, para trabajar en el ferrocarril. Y me acuerdo que el abuelo miraba esas escenas por la ventana detrás de las cortinas y pedía que se le dé un pañuelo, porque como temía que se le corte la barba, en caso de que vinieran los alemanes, él iba a ocultar su barba con un pañuelo, fingiendo un dolor de muelas.
Me acuerdo que todo el tiempo había funerales. Eso era 1941.
¿Cuánto tiempo estuvieron en el ghetto?
Un año. Desde el otoño del 40 hasta septiembre, Iom Kipur, del año 41, en que fue nuestro fin.
¿Te acordás de ese día?
Me acuerdo muy bien de ese día. Todo el mundo intentaba escaparse del ghetto, y alguna gente lo logró.
El abuelo decidió que iba a fabricar un escondite en la casa. En un principio lo hizo en el desván, donde había unos baúles. Cubrió los baúles con trapos. Los baúles tenían una entrada, y unas cuantas personas podían entrar dentro de un baúl . Pero después llegó a la conclusión de que no era un escondite suficientemente bueno, que era peligroso, que era fácil de descubrir.
Entonces construyó una pared falsa. Detrás de esa pared falsa, existía la posibilidad de mover desde adentro un ropero y ocultar la entrada. Era Iom Kipur, el abuelo rezó en casa, tenía puesto el talit, y a cada rato miraba por la ventana, a través de las cortinas.
Entonces le dijo a mamá que algo no le gustaba, que algo estaba pasando algo en la calle, que estaban trasladando familias enteras de muchas casas, y que éste era el momento para entrar en el escondite. Todos nos metimos, movieron el ropero y ocultaron la entrada, y el abuelo nos pidió intentar ni siquiera respirar, porque los alemanes podían llegar en cualquier momento a la casa.
No pasó mucho tiempo, escuchamos que ellos entraron en la casa, subieron las escaleras, al desván, hicieron una búsqueda breve, bajaron al sótano, y nosotros pensamos que ellos ya se habían ido, pero volvieron a entrar en la casa. Y con palos que llevaban en la mano empezaron a golpear las paredes, y donde escuchaban un sonido hueco, ellos entendían que ahí tenía que haber algo. Entonces entendieron que parece que había algo detrás de esa pared. Buscaron la forma de entrar, movieron el ropero, y nos sacaron a todos afuera.
Cuando nos sacaron, el alemán le dio al abuelo un golpe con la culata del fusil y nos pusieron a todos contra la pared de entrada de la casa. Yo pensé en ese momento: ahora nos van a matar a todos. Estábamos el abuelo, la abuela, mamá, mi hermana y yo. Nos contaron, y nos llevaron hacia el centro, que también era dentro del territorio del ghetto, y nos llevaron a una plaza, a un terreno grande donde los campesinos venían a vender sus productos. Alrededor de ese lugar estaban los comercios de los judíos. Había gritos, y llantos, y miedo. La gente gritaba, y se llamaban unos a los otros. Mamá nos tenía tomadas de las manos, y el abuelo con el talit sobre la cabeza. Todos los comercios de los alrededores estaban vacíos.

-4-

Cuando nos llevaron a aquella plaza, llena de gente, de gritos y llantos, y mamá teniéndonos de las manos, y el abuelo con el talit, y la abuela, ahí nos encontramos también con una tía, con sus dos niñas pequeñas, con una en brazos y otra de aproximadamente cuatro años, parada al lado de ella. Circundando el terreno, estaban los comercios vacíos, porque las mercaderías, o los alemanes o los polacos se las habían llevado. Ahí, en esos comercios vacíos metían a la gente que habían traído a aquella plaza. A nosotros también nos metieron adentro de uno de esos negocios, junto con un montón de gente más. Era un negocio que anteriormente vendía agujas, hilos, botones. Nos metieron adentro del negocio y nos encerraron.
El hacinamiento era terrible. Los chicos lloraban, que querían beber. Y lloraban, y gritaban y era imposible moverse, imposible darse vuelta. Y el abuelo, no sé de qué forma, habló con mamá, y decidieron hacer algo.
En ese hacinamiento terrible, lograron acercarse hasta la ventana. Era una ventana alta, de dos metros, quizá más. En la ventana había rejas. Ellos se pararon al lado de esa ventana (era otoño, Iom Kipur y yo tenía puesto un abrigo de otoño, una pollera y medias hasta las rodillas, y mamá me dijo que me quite el abrigo. No entendí exactamente por qué.
Ahí, en ese lugar, en donde en alguna época se vendían agujas e hilos, ellos encontraron aguja e hilo, me rompieron el forro de mi abrigo, la plata que el abuelo tenía encima me la pusieron adentro del forro, volvieron a coser el forro, y algo más de plata me dieron para que me ponga en el bolsillo. Yo no entendía lo que estaba pasando y por qué lo están haciendo. Mamá me dio el abrigo de nuevo, yo me lo puse. Todo eso era muy, muy difícil de realizar porque el hacinamiento era una cosa terrible, muy difícil de describir. Hacinamiento, miedo, gritos. Era muy dificultoso moverse o girar.
Mamá agarró un pañuelo, me lo puso en la cabeza y me lo ató debajo de la barbilla. Ellos me dijeron que fuera a unas cuantas cuadras de allí, donde vivía otra tía mía, la esposa de un hermano de mi mamá que murió de muerte natural durante la invasión. Que ella iba a estar oculta dentro del sótano, que sobre la puerta del sótano iba a haber puesta una alfombra, y que yo tenía que ir ahí, a ver si la encontraba para que me refugiara.
La abuela, que era también una mujer creyente, (los adultos ya sabían que su fin estaba próximo), me dijo que con la plata que tenía en el bolsillo, fuera a un almacén en donde ella tenía una deuda, y la pague. El abuelo todo el tiempo repetía: SHMÁ ISRAEL , SHMÁ ISRAEL, SHMÁ ISRAEL..
Y todo el tiempo me intentaban meter en la cabeza que yo tenía que bajar por la ventana. Que ellos me iban a ayudar a bajar por la ventana. Yo lloraba, y gritaba, y decía que no estoy de acuerdo. Ellos me agarraron, me alzaron y empujaron, porque se podía salir empujando un poco a través de las rejas, y me bajaron por la ventana. Todavía había gente, ya no tanta, en la plaza.
Y yo, con paso seguro, me fui caminando hacia la casa donde vivía la tía, para ver si la tía estaba ahí, y para pagar la deuda en el almacén. El almacén estaba pegado a la casa de mi tía. Cuando llegué ahí, todas las ventanas estaban abiertas, todos los vidrios rotos, el sótano estaba abierto, no encontré un alma viva. Solamente gatos, rondando por el lugar, y llorando.
Aparentemente, tanto mamá como el abuelo, sabían que yo iba a volver porque se quedaron parados al lado de las rejas. No era muy lejos el lugar hasta donde yo había ido. Cuando me vieron aproximarme, cuando yo volví, me empezaron a hacer señas con la mano, que no me acerque, que no me acerque, que me aleje, que me vaya.
¿Adónde ir? En el año 40, uno de los vecinos nuestros de la calle donde vivíamos, había estado de acuerdo en recibirme y en ocultarme, pero le pidió al abuelo objetos de valor, o una suma de dinero, entonces el abuelo dijo: si pide dinero por tu vida, entonces lo único que le interesa es el dinero, y que después me iba a matar. Y no estuvo de acuerdo en que yo vaya con ese vecino.
Cuando yo volví al negocio después de haber ido a la casa de mi tía, el abuelo y mamá estaban parados al lado de las rejas, hacían señas para que no me acerque, para que me aleje, y yo no sabía qué hacer, porque ya habían pasado unas cuantas horas, y ya era casi de noche, y yo tenía once años, pero once años en el año 42, no once años hoy en 1996. Y no sabía, no sabía qué hacer, qué decidir, pero tenía la sensación de que si voy a estar en libertad, si voy a estar “al aire libre”, voy a poder sobrevivir. Fuera de eso, no iba a pasar nada, en unos cuantos días yo iba a volver con mi familia. Esa es la idea que yo tenía en la cabeza.
Y me hice un plan, porque ya que tenemos conocidos en la calle Szidlecka, donde yo vivía antes de vivir con mi abuelo, voy a ir a la casa de nuestros vecinos y les voy a pedir que me permitan quedarme, durante un tiempo, hasta que la familia vuelva. Pero a mi alrededor había un muro de cemento con alambre de púas, y no se podía salir del ghetto.
Caminé y caminé por todas las calles linderas al muro. Entre dos casas altas encontré que había un espacio, una abertura, muy chica, de medio metro, o un metro, no puedo decir exactamente. Esa abertura estaba tapiada con tablones muy, muy altos, y aparentemente alguien ya había logrado escapar por esa abertura entre las dos casas. Y yo agarré y me deslicé por esa abertura, y ya del otro lado era el lado ario, ya no era el ghetto.
Cuando salí a la calle, que era la avenida Piatskevo, cuando me deslicé, a dos metros, de espaldas a mí, estaba parado un gendarme, un gendarme alemán, alto, brilloso, lustroso, con guantes blancos y con un perro ovejero alemán muy grande al lado de él. Yo me tenía mucha confianza, estaba muy segura de mí misma. Y él, o no prestó atención, o no quiso prestar atención, o quizá tenía una hija de mi edad, o no se quería ensuciar los guantes, porque él vio de donde yo había salido, y yo seguí en mi camino hacia la calle Szidlecka.

-5-

Llegué a la casa de esos vecinos nuestros, y cuando me vieron empezaron a gritar: "andáte de acá, a ver si por culpa tuya nos matan a nosotros! ".
No lejos de ahí, había una calle principal, por la que se podía llegar a Szedlice, que es una ciudad cercana más grande que Sókolow. Yo seguí caminado por esa calle, no me quería alejar, no había pasado todavía un día desde que me había separado de mi familia.
Seguí caminado por esa calle principal, y me hice un plan. Yo entendía que si iba por caminos laterales no iba a encontrar el camino de vuelta a casa. Y pensé que si sigo caminando por la calle principal, en la que estaban los postes de telégrafo y se escuchaba permanentemente el zumbido del telégrafo, voy a saber cómo volver.
Caminé, me alejé unos buenos kilómetros de la ciudad. Oscureció, salí del camino principal y me metí en un campo. Me metí en una plantación de zanahoria (siempre en la celebración de Iom Kipur le cuento a mis hijas sobre la zanahoria) . Los surcos eran bastante profundos y la zanahoria ya estaba madura, porque ya era otoño. Por lo tanto, los tallos verdes ya estaban altos también. Entonces, me acosté dentro de un surco, ahí me dormí y pasé la noche. A la mañana me desperté toda mojada del rocío. En esa época en Polonia ya era otoño y hacía frío.
A la mañana vi que se aproximaba un campesino en su carreta, acompañado por su hija. Venían a trabajar en el campo. Me acerqué a ellos, les conté quien soy, les conté sobre mi abuelo. Ellos me dijeron: está bien, quedáte con nosotros.
Me dieron un pedazo de pan. Me quedé con ellos durante todo el día en el campo y los ayudé. Ellos no vivían ahí, vivían en la ciudad pero cerca de ahí tenían un establo donde guardaban el heno. El hombre se llamaba Scorski Bolesko, me di cuenta que entendía idish y que era amigo de los judíos. Le pregunté si a la noche me permitía entrar a dormir en ese establo.
El me dijo que sí, que me permitía. Cuando entré al establo, me encontré que ya había ahí unas cuantas familias judías con chicos. Cada familia mantenía a los niños cerca suyo, les daba algo de comer, abrigo. Yo estaba sola, el piso era de tierra. Me acosté por unas cuantas horas, pero cuando aún era de noche, me levanté y me fuí.
Salí y empecé a buscar la ruta por la cual yo había caminado hacia Siedlice. Y volví de vuelta a Sókolow, para ver que había pasado en el ghetto.
Así es como yo empecé a vivir caminando. Así anduve dando vueltas desde septiembre del 42 hasta enero del 43. Cada día en un pueblo distinto, y volvía a la ciudad. Volvía a Sókolow. Me resulta difícil explicar cómo logré volver a entrar al ghetto y salir, muchas veces. Entraba por el portón, y salía, y nadie me preguntaba nada, nadie me hacía ningún problema. Entraba a las casas que había por el camino, les pedía algo de comer, y me daban. Así es como yo empecé a vivir caminando.
Cuando volví al ghetto, la primera vez, directamente pisaba, pisaba cadáveres. Los polacos levantaban los cadáveres, los ponían sobre carretas, las carretas en las que se traslada heno, que tienen barrotes altos de los dos lados. De esos barrotes se caían brazos, piernas, caía sangre también. Fui a ver el negocio donde nos encerraron, y ya los negocios estaban todos vacíos.
Yo quería ver a donde llevan los cadáveres, porque cerca de la ruta aquella por la que yo caminaba, había un cementerio polaco, y también un cementerio judío. Yo pensé que estaban llevando los cadáveres judíos al cementerio judío. Por caminos laterales seguí a las carretas, pero no, no llevaban los cuerpos al cementerio judío. Después me di cuenta que al lado de la estación del ferrocarril habían cavado un pozo grande, unos cuantos pozos, en donde los enterraban a todos juntos. También me di cuenta de que en un cementerio judío viejo que había por la zona, donde se enterraba a la gente en épocas normales, habían tirado abajo todas las lápidas y habían plantado ahí un bosque.
Y así di vueltas y vueltas, y reconocí a uno de nuestros vecinos.
Los polacos son un pueblo antisemita, muy antisemita, si ellos no hubieran ayudado a los alemanes, muchos judíos hubiesen podido salvar sus vidas. Era una familia muy antisemita que yo ya en el año 37 tenía miedo de pasar cerca de la casa, porque el hijo de ellos me quería pegar. Me dijeron que podía dormir arriba, en el desván. Los escuché hablar y oí que ellos decían que tienen un cobertizo en el campo con paja, y que la paja estaba inservible, estaba vieja, negra, y que querían quemar la paja, y que me iban a quemar ahí adentro, así había una judía menos. Por suerte ellos no cerraron la puerta con llave, yo pude salir, y bueno, otra vez estaba afuera.
Y así yo seguía dando vueltas y vueltas, y volvía a pedir comida, y a veces me daban, otras veces no me daban.
Me acuerdo que había una casa chiquita donde vivía una mujer vieja que conocía a mi mamá. Ella tenía una vaca y me dejó estar por dos días. A los dos días me dijo que ella lo lamenta, pero que tiene miedo, porque teme que vean que hay alguien en la casa de ella.
Siempre volvía a la ciudad, buscando otra vez vecinos nuestros, y unos me dijeron que si yo les traía bufandas de piel del ghetto, me iban a dar comida. Ellos sabían que era peligroso volver al ghetto, pero realmente mucho no les importaba.
Volví al ghetto, a la Sinagoga grande, aquella grande, lujosa, que no sé exactamente de qué siglo era. En Sókolow había un seminario de estudiantes de Ieshivá muy conocido y un rabino que era famoso por ser de esa ciudad, me enteré de eso después.
En esa Sinagoga, fuera de las cosas de valor que los alemanes ya se habían llevado, había una montaña inmensa de zapatos y ropas y cosas que los polacos habían juntado de las casas de alrededor. Y estaba todo junto. No estaba separado o seleccionado, estaba todo mezclado.
Cuando me acerqué a uno de esos montones, reconocí un zapato rojo y una blusa de mi mamá. Me conmovió muchísimo y salí, y me dije a mí misma que no iba a volver a lo de esos vecinos.
Yo tenía hambre, tenía muchísima hambre. Frente a esa Sinagoga había un Beit Midrash , un edificio más chico, y ahí había gente parada haciendo una cola y cada uno de ellos tenía en la mano algún recipiente, alguna ollita, entonces pensé, yo también me voy a parar en la cola. Y vi que el que baja al sótano (había que bajar unos escalones) recibe un poco de sopa y un pedazo de pan, pero tiene que mostrar algún papel, y yo no tengo qué mostrar, si llego ahí y no tengo nada que mostrar, entonces me van a matar. Pero alguien que aparentemente me vio entrar a la cola y salir, me dio un pedazo de pan.

-6-

Nuevamente volví a salir del ghetto, y vi a los muertos. A pesar de todo, yo continuaba con la esperanza de que quizá alguno de la familia sobrevivió.
Fui a un pequeño pueblo muy cercano a la ciudad, Cziyednia. Ahí entré a la casa de un campesino de nombre Trevnia, gente muy afectuosa que lo conocía al abuelo, me permitieron hasta dormir en la casa durante unas cuantas noches. Les llamó la atención a los vecinos, y me hicieron entender que me tenía que ir.
Entonces, volví al ghetto. Nunca me quería alejar demasiado, como para no perder el camino de vuelta para volver a casa. Yo me la pasaba deambulando del pueblo al ghetto, del ghetto al pueblo. Me decía a mí misma: yo no vuelvo más al ghetto, pero de repente me agarraba una urgencia, como que tengo que volver, que en una de esas pasó algo que yo tengo que ver qué es lo que pasó ahí.
Volví al ghetto. Yo estaba muy sucia, con la cabeza llena de piojos (desde septiembre del 42 no me bañé más, hasta enero del 43) y no me sacaba la ropa de noche. Cuando había nieve, yo agarraba la nieve y me lavaba la cara, y cuando encontraba un charco, movía el musgo y tomaba de ese charco. Me acuerdo que estaba sedienta todo el tiempo. Y no me enfermé. En casa, a menudo estaba enferma.
Fui a lo de unos vecinos nuestros, la familia Severiniuj que eran conocidos de mis padres, gente que no hablaba de plata. Cuando llegué a lo de esta familia Severiniuj, que tenían dos hijas más grandes que yo, me lavaron la cabeza y estuve unos cuantos días en la casa de ellos detrás del ropero. Me bañé en la casa de esta gente, pero a nadie le conté que yo tenía plata. Ellos tenían un hijo también, y el chico me preguntó: ¿qué vas a hacer si se te rompen los zapatos? , y yo pensaba: ¿qué tonterías está hablando este chico, si yo dentro de poco voy a volver a casa?
Cuando todavía estábamos en lo del abuelo, en la cocina había un horno en donde los sábados se horneaban jalot . Era un horno bajito y había que sentarse en un banquito para poner las cosas adentro. Cuando empezaron los rumores de que podía suceder algo, el abuelo llamó a la abuela, a mi mamá y también a mí. Había una lata grande de té Visotsky, me acuerdo todavía que había un dibujo de una mujer china sobre la lata. El abuelo metió en esa lata de té cosas de valor. Sacó unos cuantos ladrillos del horno, metió la lata y volvió a cubrir con los ladrillos. Era para que sepamos que si le pasa algo a alguien, ahí había cosas de valor. Cada vez que me iba a dormir, a la intemperie, o en una caballeriza, siempre tocaba el doblez en donde tenía guardada la plata. No tenía idea de cuánto tenía ahí.
Yo ya tenía miedo de ir por la calle principal. Cuando iba para la casa de la familia Severiniuj ya tomaba caminos laterales. Para entrar a esa casa había un muro que yo tenía que trepar, y ellos tenían un vecino que trabajaba con los alemanes y éste vecino parece que me vio trepar el muro unas cuantas veces y les advirtió que si ellos no me echaban, él iba a tener que avisarle a los alemanes. Entonces ellos me lo dijeron y yo me fui, pero antes me avisaron que mi tío, el hermano de mi mamá, preguntó por mí, y dejó dicho dónde yo lo podía encontrar.
Como no me podía quedar más en la casa de los Severiniuj, empecé a deambular nuevamente, siempre pidiendo un pedazo de pan y lugar donde dormir y un breve tiempo después volví al ghetto y me encontré con el tío. El estaba en una casa cerca del Zamenplaz, que es el lugar en donde concentraban a la gente aparentemente para mandarlos a Treblinka. Allí lo encontré a él y a unos cuántos hombres jóvenes más, que trabajaban con los alemanes. Ellos sabían que sus vidas estaban en peligro pero trabajaban.
Mi tío dibujaba muy lindo, era un muy buen dibujante pero trabajaba con los alemanes como pintor. El tío me dio de comer, me dio un abrigo, porque yo tenía frío, yo estaba vestida así como había salido de casa en septiembre. A la noche los hombres se iban a dormir a un sótano, porque pensaban que en una de esas vienen los alemanes a buscarlos y ellos se pueden ocultar. Y yo me quedé sola en un piso totalmente vacío, con todas las ventanas rotas.
De alguno de los departamentos mi tío trajo una almohada, me la puso adentro de un ropero y yo me acosté a dormir ahí adentro. Al otro día, no me podía levantar porque tenía una fiebre muy alta, no sabía qué me pasaba. Yo pensaba: éste es mi fin, ahora ya no me voy a poder escapar.
Yo me quedé acostada en el ropero todo el día. Cuando el tío volvió del trabajo, me trajo alguna medicina y me bajó la fiebre. En ese momento me dije a mí misma: yo al ghetto no vuelvo más.
La cosa estaba cada vez más difícil. Al principio había polacos que me daban un pedazo de pan y que me dejaban dormir, y otros que no, pero con el tiempo los alemanes empezaron a amenazar a la gente, que en el pueblo que encuentren un judío, van a quemar todo el pueblo.
Continué deambulando, de aquí para allá, de pueblo en pueblo, y empezó a hacer ya muchísimo frío, y yo otra vez estaba llena de piojos y me sentía muy mal, y no sabía qué hacer conmigo misma.
Entonces, atravesé los campos y volví a lo de la familia Severiniuj, y ellos me cortaron el pelo. Me acuerdo que era de noche, en el jardín me peinaron, y yo me bañé. Entonces ahí, en ese momento, yo les conté que tenía plata. Les di la plata, y ellos me compraron unas cuantas polleras, un abrigo bastante caliente y zapatos, y unas cuantas ropas más, con flores, como para que no parezca judía, porque la ropa tenía su significado. Yo tenía un paquetito, y esas eran todas mis pertenencias, unos cuantos trapos, y no me podía quedar en la casa de ellos a causa de los vecinos.
Cuando la señora Severiniuj escuchaba que le golpeaban la puerta y era una vecina, ella directamente me metía dentro del ropero. Siento que el ropero todavía me persigue. Esta vecina se quedaba un rato largo, y yo adentro del ropero hacía algún movimiento y el ropero se movía. Se escuchaba como la vecina decía: me parece que tenés algo adentro del ropero. No tuvieron otra opción que abrir el ropero y me vieron ahí, y esa fue la última vez que yo fui a lo de la familia Severiniuj. Me dije que ya nunca más iba a volver al ghetto.
Yo había estado muchísimas veces en el ghetto, iba ida y vuelta. Unos cuantos meses duró este merodeo en el ghetto. Ví los muertos, fui a mirar la casa del abuelo, y no había restos de nada. El horno estaba abierto y roto. Entonces me fui más lejos de la ciudad.

-7-

Empecé a ir a un montón de pueblos, y a todo el mundo le contaba quién era yo. Contaba que era judía, y que mi abuelo tenía un comercio en Sókolow durante más de cincuenta años, y yo pensaba que eso me podía ayudar a que me den de comer y a que me dejen dormir. Yo ya era conocida por todas esas zonas.
Cada vez que me acercaba, los chicos, con perros, me corrían y me espantaban, como que no tenía derecho a acercarme al lugar. Me acuerdo que una vez, aparentemente me estaban esperando. Tenían en la mano un pedazo de grasa de cerdo y me llenaron la boca con grasa de cerdo, y me dijeron: vos, judía sucia, parchiva jidufka, no te atrevas más a acercarte a nuestro pueblo. Y eso sucedía en todos los pueblos.
Yo dejé de pedir que me dejen dormir en algún lugar. Esperaba que se apaguen las luces y me metía en secreto a un gallinero y me iba antes de que cante el gallo.
Era Navidad, y volví a lo de nuestros vecinos Severiniuj, y había olor a tortas, y tenían puesto el árbol de Navidad, y había luces, y velas, y afuera había una terrible tormenta de nieve. Es difícil de describir lo que era esa tormenta de nieve, no se podía ver a un metro de distancia. Esta gente me dio un pedazo de torta, y me dijo que me vaya. Ellos me echaron, me dijeron que no vuelva, y yo me acuerdo que le debían muchísimos favores a mis padres, desde la época en que mi papá todavía estaba en Polonia. Yo lloré terriblemente. Y otra vez volví a tomar el camino para Siedlice. No era muy lejos, eran aproximadamente dos kilómetros, siempre siguiendo la línea del telégrafo. Lo único que tenía en mente era no perderme, saber cómo volver. Si el abuelo dijo que los alemanes se iban a escapar. Con ese clima, seguí caminando de noche, y ya no pedía permiso para dormir.
Me acuerdo que era diciembre del 43, o enero del 44, en el momento más frío del invierno. En un pueblo me metí a un establo, y ese establo estaba lleno de caballos y de vacas, y yo con mi instinto me encontré un lugar en un rincón, porque cualquier caballo podía matarme si me ponía una pata encima. Y de repente, empiezo a escuchar pasos, porque cuando hace mucho frío y la nieve está muy seca, los pasos producen un sonido muy especial en la nieve. En ese momento pensé que me iba a morir de miedo, porque le tenía mucho miedo a los lugares cerrados. Era el dueño de la casa, que venía con una lámpara a agregarle comida a los animales, porque las noches en invierno son muy largas. Y él, por supuesto, me vio. Me puse a llorar, no había ninguna necesidad de explicar quién soy yo. Él me dijo que no tiene corazón como para echarme porque afuera hace un frío terrible, pero que iba a dejar la puerta abierta para que si llegan los alemanes de noche, yo diga que entré sola. Nunca voy a olvidar esto.
Recuerdo que en el año 43, que yo deambulaba entre la ciudad y los pueblos, mientras estaba en el camino, escuché gritos y disparos. Eran policías polacos que trabajaban con los alemanes. Estaban volviendo en sus motos a sus casas. Ellos me asustaron terriblemente y me dijeron que la próxima vez que me encontraran me iban a matar. Yo seguí merodeando, y vi que el peligro era muy grande, que ya no me dejaban entrar a ningún pueblo, que me pegaban, y me insultaban, y me corrían con perros, y me humillaban.
Merodeando entré a un pueblo que se llama Scrupki. Era domingo y vi que toda una familia se iba a la Iglesia. Solamente el campesino se había quedado en la casa. Y entré. Y otra vez conté el mismo cuento de siempre, le conté quien soy y quien era mi abuelo y le pedí que me diera algo de comer.
El me dijo, sentate, yo te voy a dar algo para comer y para tomar, pero qué tonterías estás diciendo nena, si no son los alemanes, van a ser nuestros polacos los que te van a matar. En ese momento, por esa zona, había grupos armados, los partisanos blancos les decían, que mataban alemanes, y también mataban judíos. Buscaban más a los judíos que a los alemanes. Y este hombre me dijo, no te atrevas a decir quien sos, y me ayudó a construir una nueva identidad. Este hombre me ayudó en eso, porque a mí no me daba la cabeza como para hacerlo por mi cuenta.
Durante ocho o nueve meses yo anduve por ahí diciendo quien soy. Al que no se daba cuenta por sí mismo, era yo quien se lo contaba, porque yo pensaba que eso me podía ayudar. Entonces, me dijo el campesino, vos decí que sos de Posnan, que a tu papá se lo llevaron al Ejército. Que vos, con tu mamá y con tu hermana, vinieron a Sókolow y que tu mamá murió en el tren. Que te separaste de tu hermana y no sabés dónde está. Que tu nombre es Gurska Iadviga, acordate bien, hija de Wladislaw y Helena Vlodiavchuk. Y esa era la historia de mi vida. De Posnan porque en el año 44, esa ciudad pasó a integrar parte de Alemania, se trasladaban familias alemanas a esa ciudad y a los habitantes cristianos polacos de Posnan los expulsaron y enviaron al centro de Polonia. El campesino conocía bien Posnan, me dijo donde trabajaba mi papá, a qué colegio yo había ido, la dirección de mi casa en Posnan, como eran las casas y muchas cosas más.
Volví a ir a lo de la familia Severiniuj, a la que le había dado la plata. Y les conté que no se qué hacer, que todo el mundo me echa. Ellos me contaron que en el ghetto ya prácticamente no queda nadie, que no hay más judíos. Me puse a llorar terriblemente. Ellos me alentaron, me dijeron no tenés porqué llorar, vas a ver que vos vas a sobrevivir, y vos sabés que vos tenés a tu papá en Buenos Aires, en la Argentina. Ellos lo conocían muy bien.
Me compraron una cadenita con una cruz, un misal, me compraron un rosario y me enseñaron a rezar. Ya tenía doce años en ese momento, y decidí enfrentar el cambio de identidad, y que nadie me conozca, que nadie sepa quién soy. Entonces, ya teniendo mi nueva historia, el crucifijo, el rosario y el misal, yo decidí que iba a cambiar de camino totalmente.
Y empecé a atravesar bosques, e ir a lugares en donde nadie me conozca y nadie sepa que yo soy judía. Porque además, ya me había enterado a través de la familia Severiniuj, que ya no tengo a quien buscar, porque en el ghetto ya no quedaba nadie.
Empecé a caminar y caminar. Unas cuantas noches dormí en el bosque. Cuando se movía una hoja pensaba, ¿es el viento o alguien anda por ahí? Y no tenía miedo, porque sabía que estando a la intemperie me voy a poder escapar, me voy a salvar, voy a sobrevivir. Cuando me acostaba a dormir, juntaba las manos y me las ponía debajo de las costillas como para no agarrar una pulmonía, porque en casa yo siempre sufría de resfríos y estaba enferma.

-8-

Cuando salí del bosque, llegué a una ruta que tenía muchísimo movimiento y todo el tiempo transitaban por ahí gendarmes que iban a Sókolow y a otra ciudad donde tenían un campamento.
En el primer pueblo que encontré, elegí a una casa para entrar. Entré y les pregunté si necesitaban ayuda, en la casa o con las vacas. Me dijeron que no, que no necesitan ayuda porque ellos tienen hijos, pero que me pueden llevar a casa de unos parientes. Les dije que sí, por favor. Ellos me llevaron a lo de una familia Borijovsky. Una familia que no tenía hijos. Una mujer muy buena y muy agradable, que dijo que con placer me iba a recibir, pero que como estamos en marzo, que todavía hay nieve, no hay pasto, que vuelva dentro de un mes.
Entonces regresé a casa de la familia Severiniuj y les conté, y me dejaron quedarme sólo por dos semanas y a la otra volví a casa de la familia Borijovsky. Les había dicho que tenía una tía en Sokolow. Cuando llegué, la señora me dijo, ya me caiste bien, no te voy a mandar de vuelta, quedate acá conmigo, me vas a ayudar a coser bolsas para las papas.
Yo tenía un miedo terrible porque el cuñado de ella era uno de aquellos partisanos, y él sospechaba de mí todo el tiempo. Y las vecinas también, y venían, y me miraban, y yo escuchaba las conversaciones entre ellas, que decían, esta nena parece que es judía, y la señora discutía con ellas y les decía, no, ustedes están equivocadas, eso no puede ser, miren los ojos azules que tiene, miren el cabello que tiene, lo bien que habla polaco. Y las vecinas le contestaban que eso no es prueba de nada, porque hay familias judías que en la casa hablan con los chicos en polaco.
Yo vivía con un miedo permanente. Y por fin apareció el pasto. Y yo salí a pastar con las vacas. ¡Tantas vacas!¡Pensar que mamá tenía miedo que me encuentre con una vaca en el camino!
Yo les provoqué mucho daño a esta gente, porque los pastizales estaban en el medio del campo, y las vacas se me escapaban y yo no me las podía arreglar. Pero ellos me dijeron que no era nada terrible y que me iban a llevar a lo del padre de ella, en un pueblo cercano. Y así fue. Un domingo me llevaron a lo del padre de esta mujer.
Ahí, a ese lugar, nunca llegaron los alemanes; no se podía entrar al pueblo con vehículos porque no había un camino transitable. Así es como llegué al pueblo de Nimirkin. Llegué como conocida de la familia Borijovsky, pero mis problemas no terminaron. Pero ya estaba mejor, porque no tenía que preocuparme ni por la comida ni por un lugar para dormir.
Yo no tenía pelo, me tuvieron que rapar por los piojos. Usaba un pañuelo en la cabeza, y los chicos del pueblo me quitaban el pañuelo y se burlaban de mí. ¿Qué te pasa, porqué no tenés pelo? Y como yo había tenido un tío que se enfermó de tifus y sabía que se pierde el pelo, le decía a los chicos que había tenido tifus.
El dueño de casa se llamaba Czepoli Dobrovolsky y era un hombre maravilloso, pero tenía un vecino que se llamaba Sicorsky, que empezó a entrometerse con la historia de mi vida. Sicorsky había escuchado que yo era de Posnan. Durante la Primera Guerra Mundial él había estado apostado ahí con el Ejército. Conocía la ciudad, la calle en la que yo había vivido, el lugar donde mi padre había trabajado, el colegio al que fui, y yo sabía que nunca había estado en Posnan, lo único que recordaba es lo que se hablaba en casa, que la gente de Posnan era muy antisemita. Cuando yo decía que algo no me acordaba, sospechaba de mí todo el tiempo. Este hombre tenía una hija que se llamaba Celina, y que tenía mi edad, y cuando nos peleábamos ella me decía “judía roñosa”.
El dueño de casa era muy bueno conmigo, todo lo contrario de la esposa, que era muy mala y muy avara, y que siempre me recordaba que si no fuese por ella, a mí me iban a comer los piojos. El, en cambio decía: vos sos huérfana, yo también fui huérfano alguna vez, y los extraños se portaron bien conmigo, y está prohibido hacerle el mal a una huérfana.
Una vez a él lo lo llamaron a una reunión con el Intendente. Había gente de todo el pueblo. Ahí lo asustaron, le dijeron que tiene que averiguar quien es la nena que está en su casa, porque si no, todo el pueblo puede ser responsable si es judía. Cuando él volvió, yo ya estaba durmiendo y me despertó. Me dijo, contame la verdad, decime si sos judía. Y yo empecé a llorar, y a rezar, y a pedirle a Jesús, y a Santa María, que eso no es verdad, que no soy judía.
De algún modo el tiempo pasó, el Intendente se enfermó y murió. A unos cuantos que se metieron conmigo algo les pasó. Y nuevamente volvió la tranquilidad.
Yo le era muy necesaria en la casa porque me entregaba muchísimo al trabajo, trabajaba muchísimo. Me despertaba cuando todavía era noche. Cuidaba las vacas, las ordeñaba. El establo no estaba pegado a la casa, tenía que caminar dos casas más para llegar. Tenía que ir con esos baldes de madera, que son pesadísimos. Llevaba comida para los chanchos en esos baldes. Trabajaba en el campo con una entrega total, de todo corazón. Y los vecinos, por envidiosos me decían: ¿qué cuidás tanto?¿Por qué trabajás tanto? ¿Por qué te esforzás tanto? Y yo estaba feliz porque tenía un lugar donde vivir.
Pero, todo el tiempo sospechaban de mí. ¿Cómo es que pasan tantos años y nadie me visita?. Claro, yo dije que no tenía padres, pero había contado que tenía una tía en Sókolow. Entonces ellos, varias veces se propusieron acompañarme a ver a mi tía, como para hablar con ella sobre mis condiciones laborales, cuánto me tienen que pagar, cuánto pide la tía que me paguen. Pero tuve mucha suerte, cuando ellos decidieron viajar para ver a mi tía, la carreta estaba tan cargada con bolsas, porque ellos también eran proveedores de los alemanes, que no había lugar para mí en la carreta. Y así es como logré no viajar “a lo de la tía”.
El hijo del vecino Sicorsky, Félix, tenía un amigo que era jefe de los partisanos de nombre Crinsky que venía a visitar de vez en cuando a Félix. Una vez se cruzó conmigo y me atacó diciendo: ¿vos sos judía, verdad? Decí la verdad. Decí la verdad! Comencé a llorar y a rezar y a pedirle a Jesús, y él me dijo: si yo te estrello contra la pared, vos contás la verdad ¿no? Pero Félix salió y le dijo: déjala a la nena, déjala. Y otra vez me salvé.
Unos meses después, un día que yo había llevado a pastar las vacas al bosque a un claro donde lo hacen todos, me avisaron que Crinsky había estado por ahí y les había pedido que se alejaran de mí. Les dijo que me quiere llevar al bosque, que ellos se mantengan alejados. Me quería matar en ese momento. Estaba dispuesto a matarme en ese momento, pero la gente que estaba en el lugar nos siguió a los dos, y no nos dejó solos. Entonces él me dijo: no importa, va a ser la próxima. A él también, algo le pasó.

-9-

¿Qué hacer? Tampoco tenía ninguna orientación acerca de la situación. En el pueblo no había radio, no había diarios. De vez en cuando escuchaba que un chico judío había soñado en idish, o sea, había hablado en idish mientras dormía. Y yo sabía hablar en idish, el idioma que se hablaba en casa. Pero tenía deseos de olvidar el idish porque escuché que los chicos sueñan en idish y así descubren quienes son, y los matan.. Y escuché que aquí mataron una familia judía escondida, y allá a otra.
Cuando iba con mis amigas al bosque a juntar hongos, a veces me decían: vámonos de acá, que acá apesta a judío, porque en esa parte del bosque había aparentemente judíos que habían sido matados y enterrados.
Dobrovolsky era un hombre con un corazón de oro. Yo volví a ir al colegio en el pueblo, al colegio estatal. El estaba muy orgulloso de mí. Que yo era inteligente. Que soy distinta de los otros chicos que son unos salvajes. Tenía muchas amigas, me había hecho amigos en el pueblo. La señora Dobrovolska era muy, muy mala conmigo. El me decía todo el tiempo que no le preste atención, que ella es una avara, que yo tengo que comer, que me tengo que desarrollar porque si no, me voy a enfermar de tuberculosis.
A veces, los domingos, él llevaba las vacas a pastar, como para que yo pueda dormir un rato más. Apenas él salía, venía la mujer y me despertaba para que vaya a trabajar.
Todo el tiempo estaba preocupada, pero me acordaba muy bien que tenía a mi papá en la Argentina, y tenía la expectativa de que quizá me voy a encontrar alguna vez con alguien conocido pero después de haber visto esas carretas con los barrotes altos, y todos esos cadáveres, lo dudaba.
-¿Vos sabías que la guerra había terminado?¿Cómo te enteraste?
-Sí. El frente estaba cerca. Nuestro pueblo estaba muy cerca del Río Buk. Nuestra orilla era la zona que le pertenecía a los alemanes, y la otra orilla era zona rusa. En mayo del 45 terminó la guerra. Estábamos prácticamente en el frente de batalla. En nuestro pueblo había Ejército alemán, pero ellos ya no me buscaban a mí.
Tenían un puesto de observación en un techo y miraban para el otro lado de la frontera. Me acuerdo que un día yo estaba ordeñando las vacas, y les estaría molestando porque uno de ellos pegó una patada al balde y volcó toda la leche.
Todos los habitantes del pueblo nos escapamos en cierto momento porque teníamos miedo por los tiroteos, por los disparos. Los alemanes estaban en retirada y llegaron los rusos.
En casa del campesino donde yo vivía, vinieron a vivir dos oficiales rusos, y yo sabía que los rusos son buenos para los judíos, porque yo me acordaba que ellos nos habían permitido escapar en 1939. Ahí ya supe que se había terminado la guerra.
En el pueblo había dos familias de Posnan que ya se habían vuelto a sus casas. Me invitaron a volver con ellos para ver si encontramos a alguno de mi familia, pero yo sabía que era toda una mentira. Les dije que no, que yo no voy a viajar todavía, entonces se fueron y yo me quedé.
En esa época, después de la guerra, en Polonia, la educación para la juventud era totalmente gratuita. Les dieron posibilidad de estudiar a los jóvenes campesinos de los pueblos, a todo el pueblo. En la familia de mi campesino había un joven de nombre Marian viviendo con ellos que marchó a una escuela secundaria en otra ciudad. Cuando volvió de vacaciones, yo decidí que tenía que hacer algo conmigo misma. Ya era el año 47.
-¿ Hasta el año 47 vos estuviste en el mismo lugar?
-Sí, me quedé en el mismo lugar. Mi campesino me dijo ¿cómo te vas a casar si no tenés papeles y las familias de Posnan ya volvieron a sus casas? ¿Quiénes van a ser los testigos? Entonces, cuando este muchacho Marian volvió de vacaciones, decidí que tenía que hablar con él.
No le conté que soy judía, no. Solamente le dije: Marian, vos me tenés que ayudar, qué va a ser de mí en el futuro, ¿voy a seguir andando con las vacas? Entonces él escribió para mí una petición adjuntando toda mi historia, al Intendente de Sókolow. Unos días después hubo una respuesta pidiéndole a mi campesino que se presente para que diga quien soy. El por supuesto que no dijo nada malo de mí. Le habían pedido que venga junto conmigo a la Municipalidad de Sókolow. El Intendente me recibió, no me preguntaron nada sobre cómo es que yo estuve sola durante la guerra, aceptaron mi versión sobre mi historia. Lo único que yo le pedía es que como no tengo familia ni tengo medios, que me dé una ayuda para estudiar.
Aparentemente le caí bien al Intendente y él me dijo que me iba a ayudar con la condición de que yo estudie.
En Sókolow había un Gymnasium (secundario) para adultos, para los que se atrasaron durante la guerra. Y ahí hicimos dos semestres durante un año. El director de esa secundaria era amigo del Intendente que se comunicó con él y me aceptaron en el colegio, y me dio un empleo en un galpón en donde se envasaban huevos, y me dio la dirección de una persona empleada de él, que tenía habitaciones para alquilar. Entonces yo tenía un empleo, estudiaba, y podía pagar el alquiler porque tenía un sueldo.
Ahí también todo el tiempo sospechaban de mi origen, sospechaban de mí. En el trabajo yo estaba sola. Al principio yo envasaba los huevos, pero después mi tarea pasó a ser solamente recibir los cajones con los huevos, pesarlos y registrarlos. Tenía muy buenas condiciones para estudiar porque podía hacer mis tareas de colegio durante el horario de trabajo.
Así comencé a caminar por las calles de Sókolow, por las calles del ghetto, por fuera del ghetto, donde había estado la casa del abuelo. No había rastros. Aparentemente habían destruido la casa. Ví a la mujer que los sábados encendía la cocina en lo del abuelo y que además acarreaba los baldes con agua. Esta mujer andaba con una bufanda de piel muy linda.
Todos los negocios que habían sido de los judíos ahora eran de los polacos. No había un solo judío. Yo a veces tenía ganas de que alguien me reconozca. Nadie me reconocía y yo tenía una especie de trauma, tenía miedo de contar.
Estuve en la calle Szidlecka, y nadie me reconoció.

-10-

Yo estudiaba y trabajaba. Pero cerraron esa secundaria.
Había un ingeniero que inspeccionaba el galpón en el que yo trabajaba, que venía de la casa central, que estaba en Siedlice. Me arregló un traslado a Siedlice dentro de la misma empresa donde empecé a trabajar como administrativa. Ya había hecho dos años de secundaria. La mujer que me alquilaba en Sókolow me recomendó con una señora Guevartovska en Siedlice, a casa de quien me mudé.
La situación era favorable para la juventud que trabajaba y estudiaba en Polonia. Pero las condiciones eran muy difíciles. Me dejaban salir una hora o a veces dos, antes de tiempo del trabajo para estudiar. A veces yo tenía que estudiar con los pies adentro de un balde con agua caliente.
En ese momento nadie sabe nada de mí, ni yo tengo contacto con judíos. Me enteré de que una vez por mes llegaba a la empresa un judío de Lodz. Planifiqué encontrarme con él para que me dé alguna información, como ya había pasado tanto tiempo, pero nunca me encontré con él.
Todo el tiempo estaba preocupada pensando en que va a pasar si me despiden del trabajo porque yo no tenía ninguna profesión. Tenía dos amigas. A una de ellas, con la que luego nos recibimos juntas, le dije que teníamos que aprender una profesión.
Ella también era administrativa y era más grande que yo. Yo tenía ganas de estudiar mecánica dental. Había que tener domicilio en Varsovia. ¿De dónde iba a tener yo domicilio en Varsovia, si yo no tenía nada? La única opción fue ir a la Escuela de Enfermería. Mi amiga polaca y yo, nos inscribimos y nos anotamos para dar exámen, y fuimos aceptadas en la Escuela de Enfermeras de Varsovia. Estamos hablando del año 50.
Terminé la Escuela de Enfermería. En uno de los hospitales donde hacíamos la práctica, había un médico que se llamaba Mandel. Pensé que debía ser judío y me propuse hablar con él cuando me tocara estar en su turno. Pero nunca lo hice porque hablar del tema me daba algo así como un terror o pánico enfermizo.
Terminé como alumna destacada, junto con mi historia que me seguía. Yo era “la hija de un obrero de Posnan”, y eso estaba muy bien visto porque no era burguesa, no era capitalista.
Era obligatorio trabajar durante tres años donde uno se había recibido, pero yo tenía muchísimas ganas de continuar los estudios en la Escuela de Medicina. Sólo tres alumnas tenían el derecho de ingresar a la Escuela de Medicina. Pero eran tres años más, y los pocos centavos que tenía ya los había gastado y ya se me habían hecho agujeros en los zapatos. Recibía unos centavos de beca que me alcanzaba para pasta dentífrica y viajes en el tranvía. Pensé en trabajar y ahorrar durante un año y luego estudiar.
Se presenta un nuevo problema cuando iba a recibir el diploma: necesitaba certificado de nacimiento.
Entonces escribí una carta a Posnan para pedir el certificado. Recibí como respuesta que en sus archivos no se registra mi nacimiento. Desde un principio yo sabía que eso era imposible.
Entonces fui a Sókolow. Viajé a Sókolow y fui a lo de nuestros vecinos Severiniuj. Se agarraron de la cabeza. ¡Sobreviviste! ¡Estás viva!, ¡Estás viva!. Me contaron que mi papá les escribió inmediatamente después de la guerra en el 45 y que ellos le respondieron que me vieron tirada muerta en la entrada del Cementerio, con los cuervos picoteándome los ojos. Yo sé quien era la que estaba tirada muerta ahí. Conmigo rondaba una nena que era más chica que yo, con un abrigo blanco; y que era aún más tonta que yo. Yo por lo menos tenía la capacidad de arreglármelas para parar de vez en cuando en lo de alguno de los vecinos. Esta nena no tenía a nadie, y a ella la mataron. Yo la ví tirada, muerta, y los cuervos picoteándole los ojos. Entonces les dije que me den la dirección de mi papá, a lo que ellos me respondieron: no, la tiramos hace mucho. Esto me conmocionó muchísimo y me dije a mí misma: yo lo tengo que encontrar.
Fui al Registro Civil y saqué mi documentación. A los judíos los habían matado a todos, pero la documentación estaba toda. Volví con mi certificado de nacimiento, el certificado de nacimiento de mi mamá, de mi hermana, de mi tío, el certificado matrimonial de mis padres. Volví a Varsovia y decidí hacer lo máximo posible por encontrarlo a mi papá.
Yo ya era una enfermera diplomada. No seguí estudiando medicina porque no tenía los medios económicos. Cuando empecé a buscar a mi papá me dirigí al Maguén David Rojo.........
-¡A la Cruz Roja, querrás decir !
-Sí, a la Cruz Roja. Ahí me dijeron que era muy tarde, tantos años después de la guerra. Que todas las búsquedas ya terminaron, y que en Buenos Aires no se hace censo de población. Y en todos los lugares a los que me dirigía, no había esperanza.
Recibí un empleo en un hospital muy lujoso en Varsovia, y ahí hice los tres años que tenía que reintegrar. En mi turno recibieron una paciente que se llamaba Jana Ielen. No tuve dudas de que era judía. Estaba enferma de asma, y era la esposa de un médico. Yo estaba toda la noche alrededor de ella, le daba los medicamentos y oxígeno. Su marido, el médico vino a visitarla. Empezaron a hablar conmigo y me preguntaron si mi familia vive en Varsovia.
En ese momento yo ya me quería sacar de encima este asunto de tener una identidad falsa. Les dije que no tenía familia. Ellos me preguntaron qué pasó, si fueron muertos durante la ocupación. Les dije que sí, y les conté toda la historia, que mi papá salió en el año 37 del país y que yo me quedé con mi mamá y con mi hermana menor. Ellos se agarraron de la cabeza diciendo ¡Dónde estuviste!¡Dónde estuviste! Nosotros cuando encontramos chicos judíos los ayudamos a que estudien gratuitamente, y vos hiciste un trabajo tan pesado.
Me dieron la dirección de un hombre que pertencía a una agrupación judía que sacaba un periódico. Era un grupo de judíos polacos que editaba un periódico que también se distribuía en el exterior y que se llamaba Folk Shtime . El secretario de esta organización era su amigo. Lo llamaron por teléfono y me organizaron una cita con él.

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En la cita me dijo que yo hubiera podido terminar mis estudios, porque la agrupación tiene una Academia en donde los chicos estudian gratuitamente, que buscaban a los chicos pero que nadie sabía sobre mi existencia, y me prometió hacer los máximos esfuerzos por encontrar a mi papá.
Yo le dí todos los datos que me acordaba, en que año salió de Polonia, quién se quedó en Polonia, el apellido de mi mamá. Ellos lo publicaron en el "Folk Shtime" que también se distribuía en Buenos Aires, y a las dos semanas hubo una respuesta de mi papá, no dirigida a mí, sino al periódico, diciéndo “por favor querida gente, ayúdenla”.
El tampoco lo podía creer, se desmayó cuando se enteró de la noticia. Cuando en un principio yo le escribí lo hice en polaco. El me respondió en idish y yo corrí a lo de esta gente para que me traduzca. Cada vez entendía más idish, porque yo de niña lo había estudiado.
Como a él le habían escrito los Severiniuj que me vieron muerta, me empezó a pedir señas de la casa, datos sobre en dónde estaban ubicadas las cosas en la casa. Cuando yo le respondí en donde estaba tal foto, en donde estaba el reloj, en donde estaba esto y lo otro, entonces él me respondió que yo era "hueso de sus huesos, carne de su carne" y se emocionó muchísimo.
Me contó que estuvo diez años solo, que estuvo buscándonos, que no quedó nadie. El allá se casó y tuvo tres hijos, dos hijos son médicos y tengo una hermana que es óptica. Yo con mi hermana ahora estoy un poco en contacto, pero no tenemos un idioma común porque ella habla español y yo no sé hablar en español, y con los hermanos no estoy en contacto.
-¿Vos te encontraste con tu papá?
-No. Ni pude seguir estudiando. Viajar a la Argentina en ese momento, aunque hubiese tenido la posibilidad, no hubiese podido porque no se permitía salir de Polonia en esa época, en el 54.
Yo ya lo había encontrado a mi papá, y él me mandó cincuenta dólares, entonces yo ya era rica y quise seguir estudiando. Pero no me permitieron. Y esto es algo que yo quiero remarcar. Le escribí una carta al director del hospital en el que trabajaba, que era judío, el Dr Roter, y él no estuvo de acuerdo en “liberarme”.
Me contestó que yo le costé mucha plata a Polonia, porque formar una enfermera dipolomada es algo carísimo. Lloré muchísimo, y le conté toda la verdad, en qué condiciones trágicas yo pasé todo ese infierno, y que si sigo estudiando y me recibo de médica voy a poder entregar más de mí misma. Entonces me mandó a ver al responsable general de todo aquello que me contestó que él estaría de acuerdo pero que mire lo que le escribió el director del hospital.
Entonces viajar a ver a papá no, seguir estudiando no. Conocí a mi marido y me casé. Mi hija mayor nació en el 56, y en el 57 vinimos a Israel.
-Nos estamos acercando al final del reportaje. Yo quería preguntarte si tenés alguna conclusión con respecto a la época de la guerra. Me refiero a una conclusión, a tus reflexiones, a tus pensamientos sobre todos aquellos años.
-Mirá, una vez quisieron hablar conmigo de Yad Bashem , sobre religión. Yo no pude ser sincera. Mataron chicos chiquitos, y gente tan santa. Entonces, a mí me resulta difícil ser creyente. Aunque yo pasé por situaciones en las que le pedí ayuda a Dios, pero me resulta difícil creer.
Caminé sobre demasiados cadáveres, sobre sangre, de gente que mataron sin ningún motivo, simplemente porque eran judíos. Sigo viendo a mi tía con una nena que tenía nueve meses, y la otra cuatro años, parada al lado suyo. Entonces yo no puedo afirmar que no existe Dios, o discutir sobre ese tema, pero me resulta difícil creer.

Muchas Gracias.

FIN

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Pino Solanas, su política buitre y la resolución de Ballesteros

EN QUÉ CONSISTE LA POLÍTICA "BUITRE" DE SOLANAS 9/01/2010
Buitre, porque para conseguir el poder se alía estratégicamente con la derecha como un comensal, y la alienta al proceso de destruir al Gobierno creyendo poder así alzarse con el poder al fin de la destrucción, porque confía en que su discurso más verborrágico e incendiario que el de la misma derecha, va a poder eclipsarlo y finalmente va a poder liderar el último tramo de la destrucción y alzarse con el poder.
Leer el post..
RESUELVO: 1) SOBRESEER DEFINITIVAMENTE en la presente causa N° 14467(expte 7723/98) en la que no existen procesados (art. 434 inc. 2° del Código de Procedimientos en Materia Penal) 2) REMITIR copia de la presente resolución (mediante disco) y poner las actuaciones a disposición de las HONORABLES CAMARAS DE SENADORES Y DIPUTADOS DEL CONGRESO DE LA NACION para su consulta o extracción de copias de las piezas procesales que se indiquen a los efectos que estimen conducentes. TEXTO DEL FALLO Leer comentarios

Cuentos de vida

12/02/2008 EL HOMBRE DEL PODRIDO TORNILLO(cuento)
Voy caminando sin mucho apuro para abrir mi óptica. Desde lejos veo que alguien que no conozco está frente a la puerta. El hombre consulta el reloj en su muñeca. Cruza los brazos sobre el pecho. Levanta la cabeza hacia el cielo. Baja luego la cabeza y mira sus zapatos. Descruza los brazos y mete las manos en los bolsillos. Termina la secuencia espasmódica descansando su esqueleto sobre un auto estacionado, mirando la puerta cerrada de la óptica. Vuelve a mirar el reloj. Sigue...
22/02/2010 - UN ÁNGEL EN COLECTIVO (relato)
Yo estaba tan embarazada, que había pasado la fecha de parto y mi familia me cargaba con la siguiente pregunta ¿y cuándo vas a parir? Y yo me reía, esperando que la naturaleza se ocupara en cualquier momento de que llegara mi bebé.
Lady D también estaba embarazada de su primer hijo. El papá de mi hijo decía que nuestro bebé tenía mejor ajuar que el hijo del Príncipe Carlos. Eran épocas de todo importado, y yo, eufórica por mi maternidad, había comprado el mejor cochecito de Harrod's y las ropas y utensilios para bebé, de lo más hermosos que encontré. Leer completo...
06/03/2008 - LOS GLADIOLEROS (cuento)
En el baño empezó a gotear la ducha. Hace de esto cinco años. Llamé a uno de esos brujos de la humanidad que atesoran saberes aquilatados y añejados en paneles de roble, uno de esos que miramos las mujeres agachando la cabeza, reconociendo nuestra inferioridad por efecto de la prueba contundente.
El plomero, que aparece con su bonete inmenso sobre el cual tiene una estrella, trae consigo herramientas que como la varita mágica, sólo obedecen a su secreto conjuro. La casa es un poco vieja, me dijo al irse, la próxima vez no le va a poder cambiar el cuerito a la canilla, va a tener que cambiar los caños. La sentencia estaba echada.
Cinco años después, es decir, ahora, se volvió a romper el cuerito y volvió a gotear la ducha. Leer más...
9/10/2008 - LOS JUDÍOS Y LOS REYES MAGOS (cuento)
Era la mañana del 6 de enero de 1954. Verano. En ese año yo iría al colegio por primera vez. Era la hija mayor de un matrimonio de judíos polacos inmigrantes. Teníamos un local de comercio seguido de vivienda, como había entonces. En el local, estaba mi papá. En la cocina de la vivienda, estaba mi mamá haciéndome el desayuno. Mis dos hermanitos, de 3 y 4 años, estaban aún en las cunas. Yo desayuné, y como hacía todos los días, salí a la calle a jugar con mis amiguitas. Serían las 10 de la mañana. Salgo a la calle y lo primero que veo es que todas mis amiguitas están juntas, y tienen algún juguete en la mano. Me extrañó muchísimo.
La Susi, mi mejor amiguita, tenía una enorme muñeca de trapo que yo no conocía, y la abrazaba y la ponía en el suelo a caminar, y la muñeca blanduzca se bamboleaba sacudiendo las trenzas rubias de hilos de lana de tejer.Leer Más...
16/09/2008 - MI LIBRO DE LECTURA DEL 55 (cuento)
El 16 de septiembre de 1955 yo tenía siete años, y estaba en "primero superior" (hoy segundo grado) de la escuela primaria.
La Revolución Libertadora trajo un cambio a la Escuela. Desaparecieron los carteles que cubrían las paredes en su parte superior tocando el techo de mi aula. De letras inmensas, decían "Segundo Plan Quinquenal-Perón cumple-Evita dignifica". La palabra "quinquenal" me encandilaba con sus sonidos juguetones, y no entendía bien qué quería decir "dignifica".
La presencia de Perón y Evita se trocó por paredes ascépticas, vacías, que me impresionaron cuando volví a la Escuela, después de unos días de asueto. El retrato de San Martín lucía ahora solitario y único símbolo del aula, como frío testimonio en blanco y negro de una historia lejana, sin la companía de aquellos carteles de colores alegres, de fondo amarillo y letras rojas, que representaban cosas del presente. Leer más...
13/11/2008 - GUEFILTE FISH (cuento)
Como yo soy la intelectual de la familia, mi cuñada Rivke me tiene envidia. ¿Qué creías? Te voy a contar lo que pasó. Era Rosh Hashaná y mamá invitó a hacer fiesta en su casa. Yo no le dije que no, ¿qué, acaso quiero cocinar para diez personas? Si a ella le gusta, que lo haga ella. El día que no esté mamá, va a ser otra cosa. Ahí voy a tener que cocinar yo, porque no voy a esperar que mi cuñada aprenda a cocinar, ni voy a comer esas porquerías que hace que no tienen gusto a nada.
Bueno, te estaba diciendo. Resulta que me puse a leer la historia del guefilte fish, en un libro antiguo de cultura idish. Vos sabés que a mí me gustan los libros, no voy a dejar de leer libros sólo para que mi cuñada no se sienta mal. Entonces leí que el guefilte fish estaba formado por tres distintas clases de pescado por una razón. Yo siempre me pregunté cuál serìa la razón de que fuera necesario hacerlo de distintos pescados. Leer más...
24/12/2008 - UN CUENTO DE NAVIDAD (cuento)
A pesar de ser judía, celebré Navidad mientras duró el matrimonio con el padre de mi hijo, que murió en el año 1994. Era gallego, socialista y agnóstico, pero le encantaba la Navidad, una costumbre que su madre engalanaba con una enorme Empanada a la Gallega que quedó en la memoria de sus cinco hijos. La Empanada a la Gallega de Doña Encarnación, a quien no tuve el gusto de conocer porque llegué tarde a la vida de esa familia, se repetía cada Navidad, con el consiguiente comentario obligado, “nada que ver con la que hacía la vieja”.

Mi nene era muy chiquito, recién ese año se había dado cuenta del personaje de Papá Noel. Su papá se disfrazaba y hacía las delicias de todos los chicos. Le habíamos dicho que iba a venir Papá Noel, con una bolsa de regalos. Leer más...
04/05/2008 - BUNGE ME SALVÓ LA VIDA (relato)
Bunge me salvó la vida con el mismo extraño mecanismo con el que mi hermanito descubrió la palmeta. Primero cuento la historia de mi hermanito. Después retomo con Bunge.
Capítulo 1. El extraño caso de mi hermanito y la palmeta
Un día apareció Raid.
Un aviso novedoso decía por televisión: ¡con la palmeta NO! ¡Llegó Raid! y aparecía en un dibujo animado, una palmeta estrellando insectos en la pared enchastrada de moscas aplastadas, y luego una señorita disparando el Raid por el ambiente. Mi hermanito y yo estábamos mirando televisión, y ambos nos asombramos. Leer más...