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23 de julio de 2009

LAS DOS MUERTES DE LAS LÁMPARAS TIFFANY


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CÓMO NACIERON


Louis Comfort Tiffany nació una semana después de que nació el que sería su amigo Thomas Edison, quien tendría mucho que ver en lo que haría famoso a Louis Comfot, sus lámparas Tiffany. Era febrero de 1848.

El era el hijo de un famoso banquero nortemericano. El padre soñaba con que su hijo siguiera el camino de los negocios de la familia. Pero, como pasa en tantas casas, el nene le salió artista. Le salió pintor, y muy bueno. No digamos que lo echaron de la familia, pero más o menos.

El nene quiso ir a estudiar pintura a Europa. El padre le pagó el pasaje y todos los gastos, por supuesto. En Europa se le dio por aprender también la técnica del vitraux, y aprendió muy bien, y se convirtió en un exquisito artista del vidrio. Cuando volvió a los EEUU se dedicó al vitraux y tomó de otro una técnica que cambiaba sustancialmente la del clásico vitraux.

Para explicar la diferencia de técnicas, expliquemos las dos:

el vitraux se hace sobre vidrio traslúcido, ni transparente ni opaco, deja pasar la luz pero no se ven las imágenes del otro lado. Las imágenes que vemos en la superficie de los vitraux se pintan a mano. Lo hace un experto especialista en el arte del dibujo y la pintura, pero no cualquier pintor sino uno especialista en vitraux. Luego de pintado el vidrio, se lo lleva al horno para que se fije la pintura. El vitraux se hace en secciones de vidrio cortado, en rectàngulos y cuadrados de diversos tamaños, que combinados simétricamente arman la totalidad. Los pedazos cortados, ya pintados y horneados se colocan sobre una inmensa mesa y se van uniendo entre si, encastrados en guías de plomo de doble entrada. Los cruces de cuatro secciones se sueldan con una puntada de estaño para lograr la rigidez de la estructura. Es como un rompecabezas.

La otra técnica, que hoy se llama técnica Tiffany porque fue el que la popularizó, consiste en lo siguiente:

Se hace sobre vidrio opaco pero de color intenso. Pasa la luz, pero menos que en el traslúcido. El vitraux Tiffany no se pinta con pintura ni se mete al horno. Es una técnica muy diferente a la otra, y mucho más difícil y compleja de realizar.

Es algo similar al mosaiquismo del Imperio Romano, de esos que habían en los baños de Pompeya. Quedan obras de arte del Imperio Bizantino. Pequeños trozos de mosaicos de colores van formando la imagen. En este caso no de mosaico sino de vidrio opaco. Los pequeños trozos de vidrio se unen entre sí mediante varios pasos. Primero se recubre todo el perfil de cada vidriecito con una cinta de cobre que apenas sobrepasa el borde. Luego se ponen todos los vidriecitos en contigüidad formando la composición y se se sueldan las uniones a lo largo de los bordes con estaño. El estaño tiene caer en su justa temperatura para que no se derrame ni quede irregular, Debe caer formando un cordón que tape las juntas.

Tiffany hizo muchos vitraux con esa técnica, que son obras de arte que dejan enmudecido al que lo mira. Pero su fama se debió a las lámparas.

El hacía vitraux para ventanles y puertas divisorias de ambientes en casas señoriales, cuando su amigo Edison inventó la lamparita eléctrica.

Hasta ese momento las làmparas y los veladores eran, como su nombre lo indica, de vela. La vela no fue nunca un objeto antiestético, sino todo lo contrario. La romántica vela no había necesidad de ocultarla debajo de la pantalla de vidrio que podía ser totalmente transparente generalmente adornado por volutas esmeriladas que hacían ondas o rayas. A veces el vidrio era opaco para dar un clima más íntimo con la luz más difusa. Las corolas de opalina rodeaban a la vela en bellísimas lámparas de colgar o en veladores elegantes. Algunas lámparas señoriales estaban llenas de caireles de cristal colgando entre las múltiples velas.

Al llegar la lamparita a los veladores hubo necesidad de cubrir sólo con opacidad no traslùcida ese artefacto tan poco estético con sus filamentos incandescentes. Se hicieron pantallas de todo tipo, pero Louis Comfort encontró la forma de obsequiar a su amigo,Edison, haciendo una pantalla de vitraux Tiffany. Hubiera sido imposible hacer lo mismo para un velador con velas. El fuego hubiera derretido las soldaduras. La lamparita con todo su calor, no consigue derretir el estaño que marca las líneas del dibujo.

La primera pantalla de vitraux Tiffany se la obsequió a su amigo. Gustó tanto la idea que las làmparas de pantallas de vitraux Tiffany se empezaron a fabricar por miles y miles en la fábrica Tiffany Studios que puso el hijo del banquero. Con la plata del padre se puso una fábrica que no hacìa solamente las pantallas de vitraux, sino los piés de metal de todo tipo, colgantes suntuosos, de pié y de mesa. Cada pié de cada lámpara era una obra de arte en sí misma. Lo mismo los vidrios. El fabricaba sus propios vidrios. Pero no eran vidrios de un solo color, aquí está el secreto de la tècnica.

Los vidrios de Tiffany eran cuadros ellos mismos. Las combinaciones de colores como manchas del impresionismo debian servir para las sombras de los pétalos de las flores, para la gradación de luz de un color o la combinación con sus complementarios. Habìa vidrios preparados para parecer un cielo con sus nubes, pero nunca en imagen figurativa, sino como se veía un cielo de Cezanne o de Van Ghogh, como manchas al óleo. Todo sería obra del color manchado de los vidrios.

Cada pantalla de Tiffany es una obra de ingeniería de la geometría y del diseño. Diseñar una pantalla como Tiffany es directamente imposible. El hizo decenas de diseños, los cuales se repitieron miles de veces. Cada diseño tiene su nombre. De cada diseño se hicieron pantallas de todo diámetro, que iban sobre piés de toda dimensión y utilidad. Muchos pies se hicieron solamente para un diseño de pantalla. La fábrica abarcó el mercado de EEUU y muy pocas piezas viajaron a Europa y a otros países. En los EEUU todas las casas de los más ricos tenían su lámpara suntuosa de Tiffany, o de otras fábricas que lo imitaron. Pero a pesar de todo el esmero de la competencia, de la calidad y refinamiento, no existió diseño que se le pudiera comparar en belleza y calidad artìstica a las de Tiffany.

La gloria nunca es eterna. Llegó la primera guerra mundial y el mundo se convulsionó. El poco valor de la vida humana europea se trasladó a la simpleza del arte. El desapego a la complejidad pasó del Art Nouveaux y su barroquismo al Art Decó, con sus líneas y formas geométricas simples. Los diseños de Tiffany parecieron antiguos, y a pesar de que introdujo las formas del Art Decó a sus diseños, ya el corte de múltiples vidriecitos no entusiasmó por mucho tiempo. Se empezaron a usar las pantallas sencillas lisas blancas, y de pronto, después de la guerra, la fabricación comenzó a descender hasta que el año 30 lo agarró con una quiebra absoluta y tres años después le llegaba el final de la muerte.

A la muerte de Tiffany, se dice, que las señoras señoriales le regalaban las lámparas Tiffany a la servidumbre para reemplazarlas por la decoración Art-Decó.


LA RESURRECCIÓN

Y así se perdieron las lámparas en la historia, valoradas y conservadas seguramente en casas humildes, hasta que un día de finales de los años sesenta, una casa de remates de Nueva York decidió ofrecer una de ellas como antigüedad. El éxito obtenido en el remate, el valor inaudito que alcanzó esa lámpara, abrió los ojos de los rematadores que se lanzaron a buscarlas desesperadamente. El objeto codiciado empezó a ser motivo de pedido especial de cuantiosos millonarios nortemericanos que revalorizaron el extraordinario arte de Tiffany. 20 mil dólares, 30 mil dólares por una lámpara. Esas cifras se pagaron. Y no había làmparas.

Para agregar curiosidad a todo ésto, resultó que un dentista cuyo nombre no les va a caer nada bien porque se llamaba Neustadt, cuando Tiffany se murió, empezó a comprar esas lámparas porque le gustaban fanáticamente. Las compraba por nada. Llegó a comprar 400. En su casa vivìa rodeado de lámparas por todos lados. En los sesenta se enteró del revival. las mostró a la prensa, pero dijo que no se quería desprender ni de una sola de ellas. ¿Qué me dicen? Y nunca vendió ni una sola lámpara. Es más, hizo una fundación y un museo para que esas lámparas estén por la eternidad en exposición. El catálogo de la fundación Neustadt, con las fotos de cada lámpara, muestra en detalle cada uno de los diseños y se convirtió en el gran factor de conocimiento de la obra de Tiffany, cada vez más admirada.

Neustadt ayudó a divulgar la existencia de las lámparas, y la gente que conservaba alguna, empezó a enterarse de que ahora tenían gran valor de remate, y las lámparas empezaron a aparecer de a poco en las casas de remates. Cifras cada vez más altas se lograban, por el furor de tener una de esas en sus casas los más ricos.

Pero la mayoría de esas lámparas tenían uno o varios vidriecitos rotos, o despegado alguno de los cordones de estaño. ¿Quién podría arreglar esas lámparas y devolverles el valor? Nadie conocía la técnica. Nada se sabía de un arte tan ajeno a los años sesenta, absolutamente muerto. No había siquiera vidrios de ese tipo en existencia.

Paul Crist era un joven que hacía arreglos en viejos vitraux. Uno de los expertos en arte de una casa de remates le llevó a él una lámpara Tiffany para ver si la podía arreglar. Un poco asustado por miedo a arruinar una pieza que podría ser tan valiosa, empezó primero a estudiar cómo sería la técnica totalmente desconocida con la que se había fabricado. Para eso, con mucho cuidado procedió a aplicar el soldador sobre el estaño que rodeaba a una pieza rota de vidrio de color sencillo que pudiera ser reemplazada. Consiguió derretir todo el estaño por adelante y por atrás, hasta poder sacar la pieza afuera. La observó y vió que la pieza estaba rodeada en su perfil de corte por una cinta de cobre cortada a mano y pegada con pegamento. Se consiguió un pedazo de vidrio de color parecido, una lámina de cobre del mismo espesor de la cinta pegada, la cortó y refabricó la pieza, luego la soldó de nuevo al conjunto, le consiguió hacer el mismo tipo de cordón y por fin tonalizó de marrón oscuro el cordón de estaño para que tuviera el mismo tono que el resto de la pantalla. Cantó Eureka porque su vida cambió para siempre.

Paul Crist no se conformó con ser el carísimo arreglador de lámparas Tiffany. Cada una de las que le traían pasaba por un proceso especial. Les hacía un molde de yeso donde el cordón en su volumen dibujaba todo el diseño sobre el molde. Luego llenaba el yeso con resina y al sacar la resina tenía un molde para fabricar una imitación perfecta. Y empezó a hacer lámparas como las hacía Tiffany, y llegó a tener decenas de moldes.

Paul Crist inició la fabricación de réplicas y comenzó a formar talleres de estudio de la técnica. El se hizo millonario. Se consiguió que fabricantes de vidrio hicieran réplicas de los vidrios originales de Tiffany. Cada rèplica llegó a valer entre dos mil y cuatro mil dólares.

Ya a fines de los 90 tenía alumnos en todo el territorio de los EEUU. Les vendía un kit por 600 dólares que servía para hacer una sola lámpara, que incluía el mode, el patrón del diseño en papel, y les vendía aparte las herramientas para cortar el vidrio y decenas de cosas que son necesarias para la fabricación.

Al difundir la técnica se empezaron a multiplicar los alumnos y los alumnos pusieron talleres y surgieron proveedores de insumos por todos lados. Un gran negocio había surgido. Eso sí, son pocos los que lograban hacer una lámpara Tiffany del nivel necesario para llamarse réplica y ser vendida entre 2 y 4 mil dólares. Y siempre fue necesario contar con los moldes de Paul Crist, porque es casi imposible que alguien solito sea capaz de hacer un molde y copiar mirando la foto el diseño de Tiffany. Y también es muy difícil hacer un diseño propio que no sea una vulgaridad.

Por eso los que llegaron a hacer réplicas de las mejores, no superan las 60 personas en todo el mundo.

Mientras tanto, las cifras de los remates mantenían el valor de las réplicas, y todos los alumnos soñaban con tener una en su casa, aunque sea no tan perfecta. Muy pocos pudieron tener talleres donde se fabricaban todas las obras de Tiffany cuyo molde recuperó Paul Crist.

MI PARTICIPACIÓN

Ahí estoy yo en el otro lado de América, sin saber de la existencia de esas lámparas, ni de toda esa historia que acabo de contar, cuando en el mal año 2002 las veo por primera vez en el Café Tortoni. Pero yo no sabía que lo estaba viendo era una miserable versión degradada de un arte tan excelso, y sin embargo, me volví loca por aprender cuando las ví. Tomé el teléfono de la "profesora" y la llamé para tomar el curso.

Me dijo el precio, el taller era en Av De Mayo. Elegí el horario del mediodía, para ir y volver a mi óptica. Era la única alumna. Me dijo que me iba a enseñar a hacer una mariposa. Le dije que yo quería hacer una làmpara. Un poco se reisitió pero la convencí. Me dio una revista para elegir el modelo. Era una lámpara de lados planos, la misma que está en la portada de mi página Web.

La revista traía el molde. Me hizo calcar el molde en una hoja fina de plástico transparente, separar las piezas del molde con tijeras, llevarlas al vidrio, dibujar la pieza sobre el vidrio por los bordes del molde y cortar los vidrios. Hice todo en un santiamén.

A ella le llamó la atención y me preguntó cómo era que yo cortaba sin miedo. Le expliqué que mi vida fue cortar vidrio. Me fui de ahí con los cortes, pero algo no me cerraba. Cuando llegué a la óptica me dí cuenta de que el método no era coherente, que para que los vidrios coincidieran debería haber otro método más preciso que dibujar con un marcador sobre un molde de plástico.

La siguiente clase le mostré mi decepción. Ella me dijo que no había otro método. Le dije que eso no podía salir bien. Me contestó que acá las alumnas vienen a pasarla bien y que ella no está en condiciones de darme otra cosa. Y tenía una lámpara redonda ahí que me pareció hermosa. Entonces le pregunté si esa la había hecho con el mismo método. Me dijo que sí, pero que esas redondas necesitaban que se comprara un molde y un patrón de papel con el diseño, que el mode era muy caro, que ella lo prestaba. Seguía sin cerrarme el método grosero de corte. Me fui de ahí y despuès la llamé para decirle que no iba a ir más.

Entonces empecé a buscar esas lámparas en Internet, hasta que las encontré. Días y días de investigación me llevaron a la página de Paul Crist. De ahí pasé a la de Grotepass. Ellos tienen toda la explicación del corte del vidrio. y todo el método de fabricación paso por paso. Y ahí comprobé que lo que a mí no me cerraba era correcto. El método era mucho más complejo.

Con el patrón se dibuja sobre el plástico, pero se quita el medio y se deja el excedente, y se dibuja la pieza sobre el vidrio pero por adentro del molde. El corte sobre el plástico se hace con un cortante filosísimo no con tijeras que dejan puntas y el marcador salta perdiendo una línea que debe ser perfecta. Pero los diseños de Tiffany que ellos hacían me eran imposibles de copiar. ¿Y de dónde sacar el molde?

Encontrè la página de Tashiro, que otra vez explica todo el método al detalle. Pero Tashiro hace sus propios diseños y enseña a hacer un molde en madera. Yo compré telgopor e hice un molde en telgopor, pero el de mayor densidad, lo hice tal cual decía Tashiro. Y me dispuse a empezar a cortar vidrio en serio.

Pero le escribí a Tashiro diciéndole mis dudas y temores. El me contestó al día siguiente por mail. Empiece a trabajar y a la primera dificultad pregunte. Empecé y le escribí a la primera dificultad.
Me fue guiando paso a paso, dàndome los infinitos secretos de una técnica complejísima. Supe desde el vamos todos los secretos más importantes. Tashiro era uno de los sesenta que vendían sus lámparas a más de cuatro mil dólares.

Cuando terminé me pidió una foto. Se la mandé y me llenó de elogios. Me mandó a que le escriba a Colin Hansford, que le diga que si cree que estoy en condiciones de entrar a Asgla, la asociación de Artistas de Vidrio Estañado. Todo ésto no fue muy rápido, me llevó meses. Mientras espiaba quién era Colin Hansford y la Asociación. Esperé a hacer mi làmpara que llamé Hart Inspiration.
Entonces la mandé y allá todos se sorprendieron y me invitaron a pertenecer como miembro a la Asociación de la que todos ellos forman parte.

Eso significaba pensar que podría vender una de mis lámparas en por lo menos dos mil dólares. Hasnford me dijo que sí, que viniera a Nueva York. ¿Con qué? me decía yo, y le escribí la historia del corralito.

Mientras tanto las lámparas se iban sumando en mi óptica. Un cliente mío se fascinó y empezó a comprarme. En ese año, repito, en ese año me encargó 4 lámparas al hilo. Se las cobré 500 dólares cada una. Cada lámpara lleva un mes de trabajo, no es así no más la cosa.

En el medio una rectora de una Universidad Privada me pidió un vitraux de ventana. Se lo hice. Me tardó un mes. Quedó enamorada de su ventana.

Cuando iba por la lámpara cuarta y ya dispuesta a viajar para los pagos del primer mundo con la plata que junté, me dice mi cliente que vio una làmpara como las mías en el centro, por 70 dólares. Me tomé un taxi y la fui a ver. Era china. No lo podía creer. Por 70 dólares yo no movía más un dedo.

Así como les digo, de la noche a la mañana, los chinos inundaron el mundo con las réplicas malas de las lámparas Tiffany. Le escribí a Tashiro y me contestó que todo lo que hacíamos se iba a caer, que nos mataron los chinos. Y peor, Tashiro se había mudado a un enorme taller en las afueras de Toyota, y planeaba volverse a su primer reducto pequeño porque la venta se había parado totalmente.

Al mes Tashiro estaba de vuelta en su viejo taller. Hansford me dijo que el interés de los compradores de antigüedades había caído vertiginosamente y que ni siquiera las auténticas Tiffany se iban a poder vender en los remates. Y así fue. Nadie quiere más esas lámparas en su casa si es millonario. Otra vez son signo de mal gusto. Porque cualquiera las tiene y se ven por todos lados.

Al poco tiempo Kirchner empezó a cambiar el volumen de trabajo en la óptica, y mi rumbo se volvió hacia los anteojos, que ahora después de tanta vuelta, volvían a significar mi modo mejor de ganarme el sustento.

Nunca más tuve tiempo para dedicar a las lámparas Tiffany, ni vale la pena que lo haga. Con las que me quedan tengo bastante. Siguen siendo hermosas y para mí son el vestigio de una gesta que me permitió vivir una noche negra con esperanza de un mejor amanecer.

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Pino Solanas, su política buitre y la resolución de Ballesteros

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